martes, 8 de febrero de 2011

El dirigente de Sortu llama hoy "violencia política" a los crímenes de Eta y "presos políticos" a los etarras

  • El dirigente de Sortu llama hoy "violencia política" a los crímenes de Eta y "presos políticos" a los etarras



Así,con esa contundencia y sin despeinarse describe Rufino Etxeberria lo que para él significa realmente ETA y su entorno, así vuelve a desviar la atención de lo que es y a sido ETA.
Este grupo que Rufino Etxeberria lidera no se desmarca en absoluto de los anteriores grupos creados por ETA-Batusuna para presentarse a las elecciones,sigue con sus palabras autorizando a ETA a posicionarse en política, dándole la autoridad de grupo político armado obligado por la "situación política vasca" a usar el terrorismo como arma de extorsión a una sociedad y gobiernos democráticos para conseguir sus fines soberanistas e independentistas (Violencia Política).
Mientras los autores materiales y los cómplices de los asesinatos perpetrados durante los mas de 50 años de la banda terrorista ETA nos los presentan como agentes políticos obligados al asesinato y la extorsión como único medio para ser escuchado,eludiendo así sus responsabilidades penales por sus asesinatos (Presos Políticos).
Así de fácil el entorno de ETA y la izquierda Abertzale quieren hacernos creer al pueblo que han cambiado,con demagogia barata que se desmonta en tres lineas..pero continuemos


  • Preguntado por si el rechazo a ETA es "retroactivo", el dirigente abertzale ha respondido que el "conflicto político en Euskal Herria ha estado atravesado por la violencia de ETA" y también "El valor y la importancia hay que radicarla en la decisión más allá del momento" en el que se adopta, ha subrayado Etxeberria, quien ha insistido en la existencia de distintos "signos de violencia" a lo largo de los dos últimos siglos en España.

Y ya esta.Una persona que dice representar a la izquierda Abertzale dice esto (y muy a mi pesar) convencido de que es correcto y coherente y cree que vale o justifica lo injustificable.Volvemos a lo mismo,en euskadi no hay,ni ha habido, ningún conflicto político.
Ha existido ETA y sus secuaces,ETA y sus asesinatos,ETA y sus extorsiones al conjunto de la sociedad vasca,ETA y su ambición de someter a un pueblo que vive en democracia y que elige sus gobiernos por sufragio universal de manera pacífica a sus ideas.
Esto y solo esto es lo que la sociedad vasca a estado sufriendo (y no atravesando como nos quiere engatusar Etxeberria con su jerga) por la violencia de ETA.
Todo esto lo intenta entremezclar Etxeberria con la historia de España utilizando a esta última como archienemigo atemporal culpable de todos los males de la sociedad vasca desde tiempos napoleónicos, y como justificación para la presencia de ETA,mas adelante leeremos en una frase del dirigente de SORTU donde demuestra incongruencia.



  • Respecto a las víctimas de ETA, Rufi Etxeberria ha vuelto a repetir que "tiene que haber un reconocimiento y reparación sobre todas las víctimas que ha generado la violencia política de ETA y otras violencias en este país", al tiempo que ha insistido en que el compromiso de la izquierda abertzale ante ellas es su "contribución política" para que "no exista ni una sola víctima más en el futuro"

En esta Frase está la clave de como SORTU no condena los asesinatos y actuaciones de la banda terrorista ETA,primero porque no la reconoce como banda armada sino como grupo político y califica sus actuaciones de "actuaciones políticas" intentado diluir esos asesinatos,secuestros y extorsiones en actuaciones llevadas a cabo por obligaciones exclusivamente políticas.
Otro aspecto también muy importante es que NO EXISTE ARREPENTIMIENTO de ETA hacia las victimas,no reconoce las responsabilidades pasadas ni futuras del grupo terrorista y solo insiste en que la izquierda abertzale no quiere que haya mas victimas en el futuro,pero no dice si los condenará rotundamente si las hubiera.
Lo que siempre han hecho hasta día de hoy,no condenar la violencia ni pedir la desaparición de ETA ni nada que se le asemeje y esto ocurre porque SORTU es ETA y desgraciadamente saben que mientras no desaparezcan,entreguen las armas y se sometan al imperio de la ley, seguirán asesinando.


  • "La izquierda abertzale tiene un criterio claro: podemos entrar en la casuística de caso por caso. Todos son tremendos de ahí el compromiso de que eso se tiene que superar de manera definitiva", ha añadido.

Esta frase demuestra una gran incongruencia con otra que existe unas lineas mas arriba y en las que hace referencias a la Historia de España para justificar la existencia de ETA distorsionando la realidad histórica a su antojo y semejanza,pero lo más grave aún es que en esta frase también se refiere a las victimas del terrorismo y su posicionamiento ante estas: EL OLVIDO Y SU MENOSPRECIO

este es el enlace de la noticia

sábado, 5 de febrero de 2011

RECOMPONIENDO EL NACIONALISMO RADICAL Y CONCLUSIONES.

   Con estas dos entradas damos por terminado, de momento, el análisis sobre lo que está sucediendo en el ámbito político en relación con la legalización de Batasuna. La próxima entrada versará sobre la legalización-ilegalización de Batasuna, o como quiera que se denominen, ya que el lunes 7 dan a conocer sus nuevos estatutos. Analizaremos lo que dice la Ley de Partidos, la sentencia del TEDH y lo que dicen los proetarras en sus nuevos estatutos de partido, así como las actitudes que están tomando el resto de fuerza políticas. 

Los esfuerzos de ETA y Batasuna por recomponer
el nacionalismo radical

La lectura de los tres comunicados de ETA durante el mes de septiembre evidencia sin ningún género de dudas el compromiso de la banda con su estrategia terrorista. Los contenidos del último de ellos, en la forma de una entrevista a dos miembros de ETA publicada en Gara, eran particularmente reveladores. En esta entrevista los terroristas rechazaban una tregua unilateral como la que se le reclamaba a ETA en la Declaración de Bruselas, al tiempo que imponían numerosas condiciones políticas para el cese de su violencia. Entre dichas condiciones destacaba la exigencia de una negociación política entre ETA y el Gobierno, el compromiso de las autoridades de no realizar detenciones de terroristas, al igual que otros “mínimos” como la excarcelación anticipada de presos enfermos y de aquellos que hubiesen cumplido tres cuartas partes de condena, además de la liberación de los reclusos a los que se les ha aplicado la llamada “doctrina Parot”.

Asimismo, los terroristas declaraban que ETA no se sentía vinculada por el pacto soberanista alcanzado meses atrás entre Batasuna y EA, y que ni siquiera “haría suya palabra por palabra” la iniciativa Zutik Euskal Herria elaborada por Batasuna y en la que se señalaba lo siguiente: “El proceso democrático tiene que desarrollarse en ausencia total de violencia y sin injerencias, rigiéndose el diálogo y la negociación entre las fuerzas políticas por los principios del senador Mitchell. Nadie podrá utilizar la fuerza o amenazar con su uso para influenciar en el curso o el resultado de las negociaciones multipartitas, así como para tratar de modificar el acuerdo que nazca de las mismas”. Algunos observadores, de manera errónea, asumiendo una interpretación excesivamente benévola de la naturaleza y estrategia de Batasuna, han considerado el documento Zutik Euskal Herria como la demostración de una separación del brazo político del armado al aludirse a la necesidad de utilizar “vías y medios exclusivamente políticos y democráticos”.

Dicha interpretación ignoraba que en mayo de 1999 los grupos parlamentarios del PNV, EA y EH (sucesora de Batasuna) –esta última con el terrorista Josu Ternera a la cabeza– firmaron un pacto de legislatura en el que los representantes políticos de ETA “reiteraron” su “apuesta inequívoca por las vías exclusivamente políticas y democráticas para la solución del conflicto de naturaleza política existente en Euskal Herria”. El compromiso de 1999 abogaba también “por la desaparición plena de todas las acciones y manifestaciones de violencia”, lo que suscitó por parte del entonces lehendakari, Juan José Ibarretxe, una desmesurada valoración: “Éste es el día que llevábamos tanto tiempo esperando”. La evidente ausencia de correspondencia entre las palabras de Euskal Herritarok y sus hechos revelaban la irrele-vancia de la retórica del brazo político de ETA, precedente que debe ser tenido en cuenta al valorar su nuevo compromiso con “vías y medios exclusivamente políticos y democráticos”, tal y como lo ha expresado más recientemente.

 Hoy, los hechos evidencian de nuevo una incoherencia con las promesas, pues las discrepancias entre ETA y Batasuna respecto a la utilidad de la violencia no han concluido en un cuestionamiento claro del terrorismo por parte de los representantes políticos de ETA. Las discrepancias que la propia banda reconocía en la referida entrevista de finales de septiembre surgen de los deseos de Batasuna por sortear su ilegalización, objetivo éste que se ve obstaculizado por la persistencia del terrorismo etarra, que ha llevado a los representantes políticos de la banda a solicitar su interrupción. Aunque ETA ha dejado claras en sus comunicados sus diferencias con Batasuna, la manera en la que los comunicados terroristas han ignorado las peticiones del brazo político, y la anuencia de éste con la dirección etarra, confirman la sumisión del partido ilegalizado a los dictados de la banda. Por ello, el inusual número de declaraciones por parte de ETA a lo largo del mes de septiembre puede interpretarse como un intento de responder a las presiones que desde Batasuna y el ámbito internacional se le trasladaban a la banda. Sin embargo, la respuesta de ETA ha eludido las reclamaciones principales planteadas desde estos frentes, confirmando la autoridad que el brazo armado sigue ejerciendo sobre el político y la subordinación de este último.

Esta circunstancia ha decepcionado parcialmente a quienes esperaban una diferente disposición de la banda. No obstante, la escenificación de sucesivos movimientos por parte de ETA y Batasuna ha permitido a ambas formaciones reproduciruna propaganda eficaz en algunos sectores al presentarles como actores con voluntad de realizar gestos a favor de una resolución pacífica del conflicto. No es éste un mensaje que haya calado exclusivamente en el entorno terrorista, sino que también ha logrado seducir a otras audiencias. Así lo corrobora la complicidad de Aralar y EA con la estrategia terrorista al acordar una iniciativa común conocida como “Acuerdo de Gernika” a finales de septiembre. Bajo la apariencia de un gesto de distanciamiento de ETA, al reclamar en el primer punto de dicho acuerdo “la declaración de ETA de un alto el fuego permanente, unilateral y verificable por la comunidad internacional como expresión de voluntad para un definitivo abandono de su actividad armada”, estos partidos condicionaban dicha respuesta por parte de los terroristas a la satisfacción de una serie de exigencias que el Gobierno debería satisfacer. En consecuencia, el gesto etarra debía ir acompañado del cumplimiento de numerosas demandas por parte de las autoridades, entre ellas, la derogación de la Ley de Partidos y “la adopción de las siguientes medidas como primer paso del camino hacia la amnistía, que conduzca a la ausencia total de presos/as y exiliados/as a consecuencia del conflicto político: traslado de los presos/as a Euskal Herria finalizando la práctica de la dispersión; liberación de presos/as con graves enfermedades; concesión de libertades provisionales a todos los presos y presas preventivos pendientes de juicio en prisión; derogación de la legislación que impone 40 años de condena; y la revisión de los procesos judiciales contra personas y estructuras organizativas derivados de su actividad política”.

 Esta nueva alianza beneficiaba una vez más a los intereses de los radicales al favorecer la recomposición de un frente nacionalista que disminuía la marginalidad de Batasuna y, por tanto, de la propia ETA en momentos de considerable debilidad como los que atraviesa el movimiento terrorista. La constitución de esta alianza representaba además la materialización de las exigencias que ETA venía expresando en su documentación interna en los últimos dos años, al exigir a Batasuna una “alianza independentista” que le permitiera articular su noción de “proceso democrático”, entendiéndose por éste la satisfacción de los requisitos planteados por ETA para la consideración de una hipotética tregua.

Uno de los elementos que facilita el consenso entre los integrantes de esta “alianza independentista” es la reivindicación de internacionalización del fenómeno terrorista mediante la injerencia externa de actores internacionales. La interferencia de agentes a los que ya se ha aludido en las páginas precedentes se mantiene como una constante, habiendo reiterado la “alianza independentista” la necesidad de una “verificación internacional” de la tregua reclamada a ETA. La propia banda ha solicitado la implicación de la comunidad internacional, como sintetizaba en su primer comunicado de septiembre: “A ella le hacemos un llamamiento para que responda con responsabilidad histórica a la voluntad y compromiso de ETA, para que tome parte en la articulación de una solución duradera, justa y democrática a este secular conflicto político”.

En el último de sus pronunciamientos en septiembre, ETA matizaba el papel que reserva a una “aportación internacional” que la banda ve necesaria para “dar impulso ininterrumpido, proteger y, en alguna medida, blindar el proceso”. Al mismo tiempo, durante esa entrevista con dos miembros de ETA, éstos ponían de manifiesto la manipulación que los terroristas hacen de dicha interferencia externa, dejando claro que en estos momentos ETA no está dispuesta a renunciar al terrorismo. Frente a las peticiones de verificación internacional de una tregua que Batasuna plantea, al ser preguntados sobre quién verificaría una hipotética tregua previo cumplimiento de los requisitos establecidos por los terroristas, los entrevistados respondieron: “Creemos que es demasiado pronto para responder a preguntas de ese tipo. Si llega el momento, entonces habrá que estudiar las opciones, aprendiendo de otras experiencias”.

Conclusiones

Una de las más importantes tergiversaciones en torno al proceso norirlandés por parte del entorno de ETA consiste en ignorar la premisa básica sobre la finalización de la campaña terrorista: el IRA decretó el final de su violencia a pesar de no haber conseguido sus objetivos, renuncia forzada por la intensa presión antiterrorista sobre el más sangriento grupo terrorista de Europa. Por ello, la mirada a Irlanda del Norte por parte de ETA y Batasuna es casi siempre interesada, al instrumentalizar iniciativas que acentúan la dimensión internacional y que pueden reportarle al movimiento terrorista considerables beneficios. El respaldo que la internacionalización ha obtenido de otros actores podría entorpecer el declive de ETA causado por la intensa presión antiterrorista. Conviene por ello recordar que en su afán por cerrar en falso un conflicto terrorista cuya resolución exige mucho más que la disminución de la violencia, el Gobierno británico aceptó concesiones frente al terrorismo cuyo considerable coste amenaza con lastrar el avance de una sociedad democrática. Una organización terrorista derrotada como el IRA extrajo mediante sucesivas coacciones una legitimación de contraproducentes consecuencias. Las cesiones del Gobierno británico fortalecieron la perjudicial narrativa del conflicto reproducida por la propaganda terrorista, al reforzarse ésta frente al principal argumento de deslegitimación esgrimido contra el terrorismo durante décadas: en un sistema democrático los responsables de conductas criminales deben ser sancionados por sus infracciones sin recibir la recompensa de una negocia-ción que debilita a la democracia y fortalece a quienes han desafiado los métodos democráticos mediante la amenaza y la violación sistemática de los derechos humanos.

El apaciguamiento en el que se incurrió en Irlanda del Norte permitió la construcción de un relato que transforma la realidad del conflicto terrorista: los perpetradores de la violencia dejaron de ser presentados como tales, pues de lo contrario resultaría acuciante la lógica demanda de justicia y reparación que merecen las víctimas y que los victimarios deben atender. Esta tolerancia hacia quienes han transgredido los más básicos principios políticos, humanos y morales ha devenido en una neutralización del pasado, de manera que las víctimas se ven forzadas a aceptar un relato que falsea su injusto sufrimiento, dolor que se presenta como inevitable y necesario. Tan injusta coacción se complementa con una espantosa exigencia que rechaza la conveniencia de “abrir las heridas del pasado”, como si juzgar a los victimarios no fuera un requisito imprescindible para cicatrizar profundas heridas todavía abiertas y para la erradicación y deslegitimación de una violencia que continúa siendo legitimada por quienes hoy ejercen el poder.

Esta conclusión obliga a prestar atención a otro de los intentos de distorsión del contexto norirlandés, pues también han surgido voces en España que han planteado que aquí la problemática de las víctimas deberá “resolverse” como en Irlanda del Norte. En primer lugar debe cuestionarse esa asunción de que tan delicado tema ha sido realmente resuelto de manera satisfactoria en una región donde muchas víctimas del terrorismo aún rechazan la terrible impunidad política, moral, histórica y jurídica permitida por el proceso norirlandés. Nada se ha avanzado en el objetivo de una reconciliación que resulta imposible alcanzar sobre los cimientos de injusticia en los que se levanta el arreglo político admitido en Irlanda del Norte. De ahí el interés nacionalista por buscar la importación de fórmulas que han contribuido a construir una dañina identidad para las víctimas: éstas han sido definidas como meras “consecuencias del conflicto” y, de esta forma, se les ha arrebatado la reparación que merecen las víctimas de cualquier delito, pero especialmente quienes han sufrido tan salvajes violaciones de derechos humanos.

Al condicionarse el avance de la sociedad a la relegación de la necesaria justicia sobre los responsables de semejantes crímenes, se ha asumido un peligroso chantaje que distorsiona importantes lecciones para la resolución de un conflicto terrorista. Por un lado, se ha intentado imponer la creencia de que el final de la violencia exigía la excarcelación de los terroristas, ignorándose que la debilidad del terrorismo dejaba a sus perpetradores escasas expectativas de éxito y una limitada voluntad de continuar con una estrategia fracasada incluso aunque no se hubiera producido la liberación anticipada de presos. Además, ha facilitado la legitimación de la violencia al minusvalorar las consecuencias políticas, humanas y jurídicas que se derivan de la misma. La ausencia de sanción para delitos de una gravedad extrema sienta un peligroso precedente en una sociedad en la que todavía se mantiene el terrorismo. Una comparación entre los niveles de violencia de ETA y de los grupos terroristas escindidos del IRA muestra una mayor actividad por parte de estos últimos, incentivados por esa impunidad y legitimación favorecida por tan dañino “proceso de paz”.

La perpetuación de una violencia que hoy todavía mantienen grupos escindidos del IRA sugiere también importantes conclusiones para el fenómeno terrorista en España. La tensión entre ETA y Batasuna ha llevado a plantear comoposible una escisión similar a la que en Irlanda del Norte dio lugar a grupos escindidos del IRA que todavía hoy mantienen el terrorismo. Esta hipótesis ha sido utilizada por algunos políticos para justificar la negativa de Batasuna a romper con ETA, deduciendo que el partido debe obtener concesiones políticas que le permitan traer consigo a la banda sin escisiones. Así, la interesada lectura del referente norirlandés aporta al movimiento terrorista una comparación ventajosa con la que defender su negativa a abandonar el terrorismo y la intimidación que ejerce mediante la manipulación de las expectativas sobre el final de la violencia.

Batasuna, como hizo el Sinn Fein con el IRA, instrumentaliza la amenaza de escisiones para rentabilizar la crítica debilidad de ETA. Sin embargo, la actual situación en Irlanda del Norte, donde el terrorismo de los disidentes no deja de aumentar, demuestra cuán contraproducente ha resultado este tipo de coacción. Confirma que el modelo norirlandés ha sido incapaz de acometer la categórica deslegitimación de la violencia utilizada en el pasado, al fortalecer el discurso de quienes aún mantienen el terrorismo. Es ésta una valiosa lección para nuestra política antiterrorista en unos momentos en los que Batasuna intensifica sus argucias para generar confusión sobre sus verdaderas intenciones, aparentando una irreversible pero falsa voluntad de paz mientras permanece supeditada a la estrategia etarra.

Al haberse eludido una auténtica deslegitimación de la violencia del IRA y su condena desde el punto de vista táctico y moral, se ha incentivado la continuidad del terrorismo por parte de esos disidentes que utilizan los mismos argumentos que en el pasado emplearon sus propios compañeros, estos que ahora les critican por hacer lo mismo que ellos hicieron años atrás. De ahí la incapacidad del Sinn Fein para contrarrestar la propaganda de los disidentes, pues éstos, desde su misma lógica, argumentan que están legitimados para utilizar la violencia por varios motivos. Los disidentes usan el terrorismo para perseguir idénticos objetivos por los que el IRA justificó miles de asesinatos, o sea, el fin de la “ocupación” británica. Además, los disidentes argumentan que puesto que el IRA ha ensalzado su violencia como eficaz, ellos siguen manteniendo el terrorismo para lograr los fines que el IRA fue incapaz de conseguir al concluir su campaña, estimulando su reproducción pese a las dificultades.

La narrativa con la que el Sinn Fein y el IRA han intentado legitimar su campaña terrorista no ha dejado de incidir en la necesidad de la violencia pasada y en los logros de la misma, tal y como hace ETA52. Esta narrativa y las concesiones extraídas por el Sinn Fein al coaccionar a las autoridades con la promesa de desaparición del IRA permiten reforzar el discurso de los disidentes: si el Sinn Fein logró beneficios por parte del Gobierno británico bajo amenaza de que la ausencia de cesiones alentaría la continuidad del terrorismo del IRA, la violencia aparece como eficaz y, por tanto, como un método al que un verdadero “patriota” no debe renunciar mientras permanezcan los agravios a los que recurrieron para justificar sus crímenes durante décadas. El incremento de la violencia de los disidentes, que según una reciente encuesta cuentan con la simpatía del 14% del electorado nacionalista54, deberíahacer reflexionar a esos políticos vascos que irresponsablemente aceptan convertirse en cómplices de la estrategia terrorista aduciendo unas buenas intenciones para poner fin al terrorismo. La complicidad de Aralar y EA con Batasuna al exigir a actores democráticos que ignoren la legalidad persigue encubrir los efectos del terrorismo perpetrado en una sociedad en la que ETA ha violado sistemáticamente los derechos humanos, siendo sus consecuencias perjudiciales para lograr el final de la amenaza terrorista.

Si ETA ha forzado a dichos partidos a modificar sus posicionamientos pese a seguir existiendo, ¿por qué habría de renunciar la banda al instrumento que le ha garantizado semejante logro? La misma lógica puede aplicarse a las exigencias que Batasuna y sus aliados nacionalistas reclaman ahora como contrapartida por una interrupción táctica del terrorismo: si Batasuna obtuviera los privilegios que a modo de chantaje exige junto a su legalización, se desincentivaría la renuncia a esa amenaza de violencia, que resultaría útil. Esa política de apaciguamiento disminuye el aislamiento de Batasuna –al disminuir la presión sobre ETA–, al igual que lo hace la actitud del PNV manifestándose con el entorno de la banda, firmando manifiestos soberanistas conjuntos, y realizando declaraciones que muestran su coincidencia con los fines del movimiento terrorista.



Las escisiones del IRA demuestran que la erradicación del terrorismo se ha visto obstaculizada por la disposición de actores democráticos a recompensar cesiones a los terroristas que fueron presentadas como necesarias para la finalización de la violencia pero que, en cambio, reforzaron un relato legitimador de la misma garantizando su perpetuación. Por tanto, la firmeza inexorable en la política antiterrorista frente a ETA y Batasuna constituye lamejor receta para evitar escisiones en la banda que entorpezcan su desintegración. Esa consistencia es la que puede forzar a los terroristas a construir el relato deslegitimador de la violencia imprescindible para su desaparición. De ese modo se desmoraliza a aquellos que tuvieran la tentación de escindirse para mantener la violencia al reducirse sus expectativas de éxito, y se favorece la consolidación de una disidencia dispuesta a renunciar al terrorismo sin contraprestaciones.

A pesar de las divergencias que entre Batasuna y ETA han surgido en los últimos meses como consecuencia de las diferentes opiniones sobre la función que la violencia debe desempeñar en la estrategia terrorista, la adhesión a la ortodoxia terrorista se mantiene. Es decir, la continuidad del terrorismo sigue sin ser cuestionada de manera genérica. Las diferencias sobre la utilidad de la violencia resultan ser más bien de conveniencia táctica, al constituir todavía un elemento fundamental de la estrategia terrorista que no se desea abandonar. Por ello, el debate en torno a su utilización sigue marcado por la rentabilidad que políticos y militares entienden pueden extraer de esa violencia, sin que se aprecie que el movimiento haya interiorizado la necesidad de renunciar al terrorismo sin contraprestaciones. A pesar de que Arnaldo Otegi declara ahora en El País que la formación que lidera “se opondría” si ETA volviera a matar, bajo la propaganda del terrorista se oculta una realidad que muestra cómo Batasuna, más allá de la retórica, continúa fiel a la actitud que en 2001 el propio dirigente radical sintetizaba así: “Se quiere animar a la izquierda abertzale para que vaya contra ETA. Nunca nos van a encontrar en este terreno”.

El rechazo casi unánime que los últimos comunicados terroristas han encontrado en nuestro país ha neutralizado el objetivo terrorista de fracturar el consenso que tras el fracaso de la última negociación ha profundizado el declive etarra. A pesar de ello, la simplificación del fenómeno terrorista en la que determinados actores incurren induce a reproducir reclamaciones aparentemente equidistantes que exigen por igual a ETA y a un Estado democrático pasos hacia la “paz” y “sacrificios” para aprovechar otra “oportunidad” que los terroristas “benévolamente” ofrecen. De ese modo puede abundarse en la injusta pretensión de la propaganda terrorista, que intenta eludir la necesaria distinción entre el agresor –ETA– y sus víctimas –el Estado y la sociedad española–. Éste es el escenario que ETA y Batasuna desean recrear y que los partidos políticos deberán evitar en un futuro, pues es posible prever nuevos intentos de los dirigentes batasunos por aparentar un distanciamiento del terrorismo por los que seguirán exigiendo diversas recompensas.
Rogelio Alonso. Profesor Titular de Ciencia Política  de la Universidad Rey Juan Carlos.

jueves, 20 de enero de 2011

Tercera Entrada: LA FARSA DE LA VERIFICACIÓN INTERNACIONAL

·        Aunque había anunciado que la próxima entrada versaría sobre la recomposición del nacionalismo radical, he creído oportuno introducir antes esta otra, que habla sobre la farsa que se esconde tras la grandilocuente palabra “verificación”, a la que se aferran como garantía demócrata de sus  intenciones ETA, pero sobre todo Batasuna, EA y Aralar.

La implicación internacional brinda a ETA y a Batasuna una baza con la que intentar atenuar su profunda crisis. Cuando Batasuna reclama esa verificación seduce a algunos observadores del fenómeno etarra que declaran su fe en la ruptura del brazo político con el armado a pesar de la evidencia que demuestra que el movimiento terrorista, aunque con tensiones, permanece fiel al terrorismo.

No es extraño que actores externos sean vulnerables al engaño cuando algunos políticos vascos siguen concediendo crédito a los interesados testimonios de dirigentes de Batasuna que les trasladan su irreversible voluntad de dejar el terrorismo mientras los hechos confirman su persistencia en el terror.

La agenda de Batasuna se ve favorecida al involucrarse a agentes internacionales, ya que, bajo la falsa apariencia de neutralidad, actores desconocedores del terrorismo etarra adoptan un tendencioso rol de mediación que, de forma perniciosa, ubica en el mismo plano de responsabilidad y culpa a una organización terrorista y a un Estado democrático.

En ese contexto, la farsa de la verificación es una de las opciones que Batasuna desea explotar para rentabilizar la promesa de desaparición de ETA, al tiempo que intenta generar fisuras en una política antiterrorista que hoy se sostiene en un eficaz consenso y en una asfixiante presión al movimiento terrorista.

La petición de verificación surge de la instrumentalización de iniciativas adoptadas en Irlanda del Norte, donde una comisión internacional fue creada en 1995 con el propósito de opinar sobre cómo debía acometerse el desarme de las organizaciones terroristas. El Sinn Fein rechazaba dicho desarme mientras que los unionistas exigían la entrega de las armas como condición para la apertura de conversaciones sobre el futuro gobierno de la región. El Gobierno británico optó por la internacionalización del conflicto para atraer al IRA, que explotaría esta concesión hasta hacer prácticamente irrelevante el desarme cuando éste se acometió muchos años después.

Primero se pospuso la exigencia de desarme antes de iniciar las negociaciones. Después el IRA se negó a cumplir con la exigencia de desarmarse durante las negociaciones que impuso dicha Comisión. Sin embargo, el incumplimiento de esa obligación no derivó en sanciones serias para el Sinn Fein. Por el contrario, la promesa de desarme y de desaparición del IRA en el futuro se convirtieron en la mejor baza del Sinn Fein para extraer concesiones, pues los representantes políticos de los terroristas exigían constantes privilegios bajo pretexto de que sólo así serían capaces de convencer al IRA de la necesidad de dejar la violencia.

Semejante coacción perpetuó la existencia del IRA mientras reforzaba el perfil político de un partido estrechamente ligado a un grupo terrorista. A pesar de la aparente firmeza del Gobierno británico, el IRA obtuvo la excarcelación de todos sus presos en 2000 sin que la banda hubiese ni siquiera iniciado un desarme que se le venía reclamando desde años atrás. Obtuvo semejante concesión incumpliendo una de las fundamentales “salvaguardas” introducidas por la legislación británica para articular el programa de excarcelación, que contemplaba que no podrían acogerse al mismo “aquellos internos que pertenezcan a organizaciones que no han declarado o que no están manteniendo un alto el fuego completo e inequívoco”.

Tampoco se respetó la exigencia que condicionaba la excarcelación a la “completa cooperación” de la organización terrorista con la comisión que debía hacer posible el desarme de los grupos terroristas que comenzó a llevarse a cabo en 2001 y concluyó en 2005. Fue además una entrega de armas que también se realizó de manera muy cuestionable por la escasa credibilidad que los sucesivos actos implicaron. La impunidad e indulgencia que caracterizó dicho proceso convirtió en ineficaz el desarme del IRA, pues la forma en la que se llevó a cabo impidió que cumpliera el objetivo que motivó esta exigencia en 1995: convencer a las víctimas del terrorismo del IRA de su voluntad inequívoca  de poner fin a la violencia.

El retraso en el desarme y su metodología impidieron generar la confianza que se buscaba con esa iniciativa, precisamente por el incumplimiento de los principios que la comisión internacional de desarme debía respetar. La comisión declaraba como guía de su trabajo unos principios democráticos básicos, entre ellos el que destacaba como inaceptable que un partido político, y particularmente sus líderes, expresasen su compromiso con la democracia y la ley mientras su actitud demostraba lo contrario. Sin embargo, la comisión de verificación incumplió su propio mandato y se convirtió en garante de una dañina incoherencia al maquillar el chantaje terrorista que tanto atrae a Batasuna.

Su reproducción en el País Vasco resultaría contraproducente, pues aquí la política antiterrorista debe aspirar a la desaparición total tanto del terrorismo etarra como de su legitimación y no meramente a cerrar en falso un conflicto terrorista como en Irlanda del Norte. Si bien el IRA había decretado el cese de sus actividades, dicha declaración formal de “alto el fuego” no fue considerada incompatible con el mantenimiento de actividades terroristas que continuaron durante años. Incumpliéndose así uno de los más importantes requisitos para la excarcelación.

A modo de ejemplo pueden citarse los cuatro asesinatos cometidos por el IRA en 1999 y los tres perpetrados en 200045, periodo en el que se completó el programa de excarcelación y en el que otros grupos terroristas unionistas también se beneficiaron de dicho privilegio a pesar de seguir cometiendo asesinatos46. La continuidad de otras actividades terroristas fue reconocida por el primer ministro irlandés, Bertie Ahern, que en enero de 2005, ante el Parlamento irlandés, admitió que en su intento por integrar al Sinn Fein en el sistema de partidos había ignorado las actividades delictivas en las que el IRA seguía involucrándose.

Un año antes, su homólogo británico, Tony Blair, había afirmado que no debía tolerarse una situación en la que representantes de la voluntad popular se vieran obligados a compartir el Gobierno de Irlanda del Norte con un partido como el Sinn Fein, asociado a un grupo terrorista todavía activo como el IRA47. El aparente ultimátum del primer ministro británico había sido planteado ya varios años atrás. Así se refleja en un discurso pronunciado en octubre de 2002 en el que también exigió “el final de la tolerancia de actividades paramilitares”, y una “misma ley para todos que se aplique a todos por igual”. Aunque seguidamente aseguró que, a partir de ese momento, “un crimen es un crimen”48, el paso del tiempo demostró que los crímenes del IRA recibían diferente consideración.

La excarcelación se acometió, pues, a pesar del incumplimiento de la premisa fundamental que la legislación recogía –un alto el fuego completo e inequívoco– y que resultaba a todas luces incompatible con el diagnóstico queen 2005 realizaba Ian Pearson, ministro para Irlanda del Norte, que definió al IRA como “uno de los más sofisticados grupos criminales del mundo”.49 O sea, el IRA obtuvo la excarcelación anticipada de todos sus presos a pesar de que la organización seguía existiendo y pese a que continuaba actuando ilegalmente. Las acciones criminales del IRA no se limitaban a actividades mafiosas que desde algunos sectores de opinión se interpretaban como inevitables después de décadas de violencia.

A menudo se minimizaba la gravedad de semejantes delitos mediante una ventajosa comparación con la renuncia del IRA a su campaña de asesinatos sistemáticos. Sin embargo, los sucesivos informes elaborados por la comisión encargada de supervisar el estado del alto el fuego de los grupos terroristas norirlandeses (IMC, Independent Monitoring Commission) confirmaban que el IRA continuaba financiándose y recabando inteligencia, poniendo sus actividades ilegales al servicio de la estrategia política del Sinn Fein50. El IRA, como concluía dicha comisión, “se había adaptado a los nuevos tiempos”51, manteniendo actividades incompatibles con el respeto a un “alto el fuego completo e inequívoco” que la excarcelación había exigido.

Así pues, el Sinn Fein fue recompensado con la excarcelación de los presos
del IRA al haber optado supuestamente por vías políticas que, sin embargo, en absoluto podían considerarse como democráticas, puesto que el partido no había renunciado a la contribución de las actividades ilegales del grupo terrorista. La asociación entre el brazo político y el militar se mantuvo, pues el IRA continuó sirviendo los intereses del Sinn Fein, ya que la promesa de la desaparición futura de la banda le garantizaba al partido concesiones diversas, entre ellas la referida excarcelación.

Este precedente permite comprender el potencial que la injerencia externa
ofrece para ETA y Batasuna. La constitución de una comisión al estilo de la creada en Irlanda del Norte favorecería la perpetuación de ETA y las constantes presiones sobre Gobierno y sociedad para incurrir en concesiones a la banda a cambio de promesas de mantenimiento de una hipotética tregua para la cual ya existen excelentes verificadores: las fuerzas y cuerpos de seguridad y los servicios de inteligencia. El antecedente norirlandés revela el potencial de coacción que dicha fórmula ofrecería a ETA.

Si bien el cese de la violencia del IRA se produjo en ausencia de concesiones hacia la banda y su entorno, inauguró un proceso en el que sus representantes políticos se beneficiaron de significativos gestos de los Gobiernos británico e irlandés. Así generaron perjudiciales consecuencias para la normalización política, lo que repercutió negativamente en el objetivo de la desaparición total de la intimidación terrorista y de su necesaria deslegitimación. Es comprensible que este escenario seduzca a Batasuna, pues ofrece un modelo en el que las autoridades británicas aplicaron una incoherente política que favorecía al Sinn Fein a pesar de las actividades del IRA, al relativizar la simbiosis entre ambos y sus nocivos efectos.

Rogelio Alonso. Profesor titular Universidad Rey Juan Carlos. 

Próxima entrada: Recomponiendo el Nacionalismo Radical.